Cacería en Rancho El Carbón.
Por Jorge Evertsz, de Aguascalientes, Ags.

Allá por el mes de octubre, cuando los cazadores comenzamos a sentir que tenemos que afinar los rifles, asegurar ranchos y todo lo que conlleva el rito de la víspera de la temporada de venados, llamé a mi amigo Clemente Villalobos para ver qué plan tenía para cazar en la temporada que muy pronto cursaríamos. Clemente tenía muchas salidas programadas, pero me llamó mucho la atención que, entre ellas, figurara una cacería de bura de Sonora para la segunda semana de enero de 2008 en  Rancho El Carbón, propiedad de mi amigo Germán Rivas. Clemente estaba emocionado porque no tenía en su colección de venados dicho trofeo y, además, por ser éste uno de los ejemplares más importantes de México y, en definitiva, el más grande. Le platiqué un poco de mi visita al Carbón dos temporadas atrás, y le dije que tenía amplias probabilidades de traer un trofeo honorable. Estábamos por concluir la plática, cuando me invitó a unirme a la cacería, le di la obvia respuesta de inmediato, pero surgió el problema de que el grupo al que me acababa de unir estaba constituido por tres cazadores: los hermanos Rogelio y Mauricio Hernández y Clemente. Como sé que Germán, para no disminuir las probabilidades de un buen bura para cada uno de sus cazadores, sólo permite que se cacen doce buras por temporada, o sea, tres por semana, le pedí que me vendiera una cacería de venado cola blanca Coues. Es muy difícil cazar esta especie en El Carbón por varias razones: la infraestructura y logística están diseñadas para la caza de bura, el área montañosa —que es en donde habita esta especie— nada más ocupa 25% de la superficie del rancho y, la razón más poderosa, el hecho de que Germán no vende cacerías para este venado, sino que lo ofrece únicamente como un “extra” para los que van a cazar venado bura. Pero, como Clemente Villalobos es  propietario de un rancho en La Sierra Fría de Aguascalientes, en donde también tenemos esta subespecie de venados, a él no le interesaba cazar uno y me cedió su cacería de Coues.

Viajamos, en un cómodo vuelo directo, de Aguascalientes a Puerto Libertad por fina cortesía de Mauricio Hernández. Desde el aire, pudimos apreciar una pista de aterrizaje rodeada por kilómetros de… ¡nada! La comitiva de bienvenida, presidida por Germán, constaba de servicios de radio directo con el avión, equipo médico, de emergencias y rescate, a cargo del Dr. Eduardo Peralta, y representantes del ejército que revisarían nuestras armas al trasladarlas de la aeronave a la camioneta de El Carbón. Cabe mencionar —como dato histórico— que ese día la pista aérea de Puerto Libertad tuvo una saturación de vuelos inaudita: ¡llegaron dos aviones! El nuestro y, casi al mismo tiempo, el de los hermanos Brittingham, algo que provocó gran revuelo y saturación de servicios en dicho lugar.

Ya en el rancho, nos acomodamos —según la categoría de ronquidos— en tres cómodas habitaciones, saludamos al  personal, que ya nos esperaba con un suculento almuerzo, y dedicamos la tarde a dar una vuelta por las zonas de caza cercanas a las instalaciones principales. Pudimos ver varios de los green fields  (áreas verdes con riego programado por aspersión), bebederos, comederos, etcétera, en fin, toda la infraestructura necesaria para aportar a los venados las mejores condiciones y crearles a las venadas querencia por el lugar.

Al día siguiente, salí temprano a caminar por los lomeríos con mi guía “El Chacho”. Nos fuimos adentrando entre los cerros, siempre buscando huellas y, al llegar a las cimas, oteando la zona. Así, a ese ritmo, llegamos a las diez de la mañana. Caminaba yo viendo hacia el suelo, para no tropezarme, cuando el Chacho se agachó y me dijo susurrando: “Junto al palo verde”. “¿Junto al palo verde qué, Chacho?” le dije, “no veo nada”. Me dijo que había un venado a ciento cincuenta metros parado junto a un palo verde de los miles que teníamos delante... Cuando, por fin, pude entender a cuál se refería Chacho, lo localicé (me quedé admirado del mimetismo que pueden lograr los venados en el desierto), me pareció un animal digno de tiro y busqué un mampuesto. Me arrodillé y coloqué la retícula con firmeza en el codillo del animal. Comencé a presionar con suavidad el llamador y, al estruendo del disparo siguió el botonazo y el clásico salto encorvado que indica que el proyectil fue colocado a la perfección. El venado corrió como cinco metros, al llegar a un matorral dio un pequeño salto y cayó… en mi salón de trofeos.

Venado
Jorge Evertsz con su Venado Coues.

Después del disparo, me dirigí al guía para cerrar con un apretón de manos la jornada de caza, pero lo noté un poco inquieto, le pregunté por el motivo de su actitud y me dijo que sonaron dos disparos juntos, el mío y otro no muy lejos. Resulta que, en el mismo momento que yo disparaba sobre el cola blanca, Mauricio había disparado a un bura muy grande, su guía le dio la noticia del fallo y Mauricio hizo un segundo intento cuando el bura se encontraba en franca huida, pero el resultado fue el mismo. Mauricio siguió su cacería y la mañana transcurrió sin novedad, a las dos de la tarde, como es el estilo en El Carbón, Mauricio y su guía buscaban una sombra para disfrutar de sus alimentos y una pequeña siesta, pero resultó que la sombra que escogieron se encontraba ocupada, los dos se pusieron alerta al ver al gran bura que disfrutaba del lugar en el que pensaban comer: Mauricio montó una bala en la recámara de su 300 Win. Mag, colocó el punto de mira en sitio letal y llamó un disparo. El bura dio un par de saltos alejándose del lugar, el guía gritó: “¡Volviste a errar!” Esto puso en marcha a Mauricio para intentar un segundo disparo, pero al caminar un poco encontraron el trofeo perfectamente pegado y ya sin sufrimiento alguno.

Bura
Mauricio Hernández con su Buro.

Ese día en la noche, hubo una gran celebración, bueno, las hubo casi todas las noches, pero ese día fue por los venados de Mauricio y mío.

Como yo ya había cazado mi cola blanca, decidí acompañar a Clemente a buscar su bura al otro día. Ya había visto varios buenos ejemplares, pero, como era su primer día de cacería, no se decidió a tirarle a ninguno, no quería que su grata experiencia durara tan poco. Salimos al amanecer, transitábamos por las brechas del rancho en una de las tres camionetas con asientos altos que tiene Germán adaptadas para cazar. Eran como las ocho o nueve de la mañana, cuando, de pronto, el guía pidió al chofer que parara y nos indicó que habíamos llegado a un lugar que consideraba bueno para caminar un poco. Yo decidí quedarme por ahí y hacer una pequeña fogata, hacía mucho frío. El chofer —que resultó excelente tracker— se fue con ellos. Tardaron como media hora en levantar una buena huella y la siguieron hasta dar con el dueño de tan impresionante calzado, pero Clemente dudó, ya que, a pesar de su amplia experiencia con venados, no sabía cómo juzgar un bura de Sonora. Al notar el bura la presencia del cazador, volteó a verlo, cuando Clemente vio al bura de frente se disiparon todas sus dudas, subió de inmediato su rifle, tomó aire y le dio al venado un boleto de ida a la hermosa ciudad de Aguascalientes. Contrario a lo que hacemos en forma normal después de disparar, que es esperar un poco a que el animal se enfríe, Clemente corrió lleno de emoción hacia su trofeo y cortó el sufrimiento con un remate fulminante.

Venado
Clemente Villalobos con su Buro.

Al día siguiente, Rogelio, que había llegado un par de días tarde por razones de trabajo, pasaba cerca del lugar donde Mauricio había fallado el bura tan abierto, cuando, por extraña suerte, encontraron el mismo bura en la zona, digo extraña suerte porque los buras no se caracterizan por ser territoriales, se mueven mucho, y más aún después de que lo trataron de pelotear, pero, en este caso, pudimos comprobar que las mejoras o beneficios que Germán les aporta —con sus bebederos y comederos— los disuaden de abandonar el área. A Rogelio le llenó el ojo ese bura y se preparó para tirar. Rogelio practica mucho y es muy certero para disparar, así pues, se colocó en posición y fue exprimiendo el gatillo con gran lentitud, disparó sobre el venado que había fallado su hermano Mauricio, pero no hubo suerte… para el venado.

Venado
Rogelio Hernández con su Buro.

Estábamos felices todos por haber logrado los trofeos programados —y en tan poco tiempo— pero a Clemente lo noté un poco extraño... le preguntamos si había algún problema, nos contó que le gustaría cazar otro bura mejor... Sabiendo que, la semana anterior a la nuestra, uno de los cazadores no había matado nada por buscar un monstruo,   le pedimos a Germán que no dejara que se fuera Clemente con la espina clavada, Germán aceptó y, al otro día —al regresar a la casa del rancho— Clemente abatió un precioso bura que consiguió de un difícil tiro a manos libres.

Así llegó el fin de la cacería en El Carbón, regresamos todos contentos y con buenos trofeos, aun cuando la temporada en Sonora, según comentarios de muchos cazadores, fue bastante mala.

Dedico este artículo a Don Rogelio Hernández, padre de Rogelio y Mauricio,  por impulsar a sus hijos a cazar de manera tan responsable y por ser un excelente y ameno compañero de caza.


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