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Lance Stapleton / Salem, Oregon, USA.
Originalmente editado en Big Game Adventures, Vol. 7, no. 2.

El desierto cobró vida a medida que los primeros haces de luz irrumpieron a través de las nubes en lo alto. Las javelinas parloteaban entre sí en la base del monte por el que trepaba. Al detenerme para tomarme un descanso muy necesario, pude escuchar las llamadas melodiosas y roncas saludando al día de una bandada de perdices que se encontraba más adelante. Ésta es mi hora favorita de la mañana; cuando todo está tan fresco y lleno de promesas.

Son estas promesas las que hacen del cazador un optimista eterno. Desde luego, tenía grandes esperanzas de que "hoy era el día", a pesar del hecho de que apenas había pasado dos días buscando en vano un gran venado, sin mencionar los siete días que había pasado en el mismo rancho el año anterior. No se trataba de que no pudiera haber cobrado un animal, porque ya había visto pasar varios venados bastante decentes, pero me encontraba parado en esta cordillera específica, en este rancho, en el estado mexicano de Sonora, por una sola y simple razón: en alguna parte del valle que se encontraba a mis pies se encontraban venados que eran los trofeos de una vida. Todo lo que tenía que hacer era encontrar uno, ser más listo que él, y luego hacer un buen disparo.

Ante todo, debía dejar pasar a los animales menores. Desde luego, algunos cazadores tienen la suerte de obtener a la primera trofeos sobresalientes, pero para la mayoría de nosotros, esto es una aventura que toma años y varios viajes. ¡Es el esfuerzo lo que hace más dulce el éxito! También es una de las razones por las cuales algunos de nosotros estamos dispuestos a renunciar a tantos de nuestros días sobre esta Tierra para perseguir los venados bura trofeo.

El Rancho El Carbón es un "trabajo en desarrollo". Mi anfitrión y organizador, Germán Rivas, cazaba aquí cuando era apenas un joven y cuando la cacería de venado bura al sur de la frontera apenas despertaba. Era cuando los rancheros estaban dispuestos a otorgar permisos de caza porque los venados eran "molestias". Pasaron varias décadas y el rancho sufrió el abuso de varios propietarios, pero Germán nunca lo olvidó. Así que, cuando tuvo la oportunidad, se "echó el clavado" financiero y enfrentó el compromiso de devolver a la cacería a sus antiguos "días de gloria".

El primer paso en orden del negocio era eliminar el ganado, aunque Germán permite la presencia ocasional de alguna vaca procedente de los ranchos contiguos a cambio de los derechos de casa allí. Luego, hizo mejoras, incluyendo la adición de bebederos y comederos colocados en puntos clave en todo el rancho. Los comederos sólo aumentaron los pastizales que han comprobado su valor en otros ranchos. Aunque había hecho sus mejoras sólo un breve tiempo antes de mi primer viaje, ya pude ver los resultados. En resumen, me impresionó lo que vi, así que regresé.

Uno de los cambios importantes en este viaje fue que Germán me convenció de usar uno de sus rifles. Siempre había llevado mis propias armas a México, pero no se equivoquen, ¡obtener permisos para los rifles ahí es un lío! El año anterior me habían otorgado el permiso para mi rifle en el último minuto, y dos años antes, en otra cacería con otro organizador, me costó varios días de cacería esperar a que terminara el papeleo. Así pues, admitiré que no tuvieron que torcerme un brazo para que dejara mi rifle en casa. Después de todo, no tuve que esperar la carta de "chico bueno" de mi comisario local y me ahorré el costo del permiso, sin mencionar mi rápido paso por los numerosos puntos de revisión de la policía.

Cuando llegue al campamento de Germán, dejé que mi compañero de cacería hiciera su primera elección de los rifles del armero. Mi selección fue un hermoso wildcat .280 Ackley Mejorado construido sobre un Máuser de acción completa con gatillos dobles. Dado que en el pasado había disparado con juegos de gatillos over the bench, tenía confianza de poder superar con facilidad mi poca familiaridad con el sistema. Incluso hice una docena de disparos para incrementar mi confianza. Más tarde, mi elección resultó ser la peor pesadilla. No obstante, tuve que pasar varios días en el campo y desgastar bastante mis botas para aprender mi lección.

De izquierda a derecha:
Lance Stapleton, Bob Anton, Scott Wink y Stewart Stone; con el venado de Scott, durante la primer visita de Lance a Rancho El Carbón; en esta ocasión, Lance dejó pasar varios muys buenos venados que sus compañeros sí aprovecharon.

Andrés Garza Tijerina, de Monterrey, Nuevo León, con su venado Bura, de excepcional tamaño, cazado el primer día de su cacería en Rancho El Carbón. De esto habla el autor en su libro Deer Quest.

En el tercer día de nuestra cacería, Nayo mi chofer, Adán mi guía, y yo, pasamos la mayor parte de nuestra mañana en un 4x4 remoliendo y rebotando sobre una brecha -con frecuencia rodeando maleza y quitando árboles para pasar. En momentos, ni siquiera podíamos decir si seguíamos sobre el erosionado camino. Por fin, no pudimos seguir adelante en el vehículo.

Poniéndome el rifle al hombro, arrojé mi chaqueta sobre el asiento y tome una cantimplora antes de comenzar a caminar hacia el norte. La dirección no nos fue indicada por un lugar de destino, sino por una ligera brisa. El plan era simplemente caminar con el viento a nuestro favor y esperar que encontráramos una huella fresca. El éxito dependería de la habilidad de Adán para seguir las evidencias de la naturaleza -una huella en la arena, maleza o cactus rotos o masticados, y otras leves marcas del paso del venado.

Ésta era una tierra donde un cazador podría perderse con facilidad. El terreno no tenía cara; cerros undulantes cortados en ocasiones por alguna cañada, pero, sin características distintivas -sólo manchas, en apariencia interminables, de mezclas de árboles de paloverde, ocotillo, palofierro y mesquite. Intuía que nos encontrábamos al noroeste del vehículo, pero sabía que si me separaba con facilidad perdería el borroso camino y que, sólo por un milagro de Dios, podría encontrar de nuevo el 4x4.

Caminamos atravesando el desierto durante horas, deteniéndonos en ocasiones para revisar un conjunto de huellas. A veces, las seguíamos por una corta distancia antes de dejarlas para seguir buscando una pista fresca. Para ese momento, el sol nos golpeaba con fuerza y ya había yo bebido de mi cantimplora más de una vez. La única agua disponible en esta zona es la de lluvia, que se junta en represas formadas por erosión en la roca sólida -llamadas "tinajas" por los mexicanos- y, la mayor parte del tiempo, el líquido está contaminado por los insectos, aves y animales pequeños que dependen de estas fuentes. La sola idea de la cerveza enfriándose en el 4x4 me llamaba como el canto de una sirena.

Había amplia evidencia de que los venados andaban cerca. En un punto, encontramos un área de casi 50 metros de ancho donde todo estaba devastado -cholla arrancada de raíz, arbustos cortados a nivel del suelo y centenares de huellas sugerían que se había llevado a cabo una terrible pelea. Se podían ver con claridad los surcos paralelos en la arena donde primero un macho había tenido la ventaja empujando al otro, y luego el segundo lo había aventajado. Era fácil imaginar a dos grandes machos con los cuellos hinchados y malas actitudes enganchados en combate. Incluso había señales de que alguno de ellos había caído, quizá justo antes de una retirada apresurada. Pero la mejor evidencia eran las numerosas huellas, ¡algunas lo bastante grandes como para acelerarle a uno el corazón!

ara el medio día, habíamos cruzado muchas de estas huellas; la mayoría de ellas ni siquiera nos hicieron desacelerar el paso, mientras que otras se ganaron apenas unos momentos de duda. Por fin, Adán encontró lo que había estado buscando al señalar la prueba: los bordes agudos de la marca de un gran macho encajadas con profundidad en la tierra granulada. Aunque antes caminábamos en cuarta, cambiamos ahora a segunda ¡y comenzó la verdadera cacería!

Seguimos las huellas del venado que serpenteaban por el monte antes de cruzar una cañada y una pequeña meseta. Era evidente que esas huellas habían sido hechas más temprano en la mañana, quizá mientras negociábamos la pista de dos marcas. Ahora nos movíamos todavía con mayor lentitud, y mi amigo descifraba las pistas al tiempo que yo miraba hacia delante -tratando de encontrar un lugar para escondernos en la sombra o una punta sobre los cactus antes de que el venado nos viera.

Es aquí donde entra en juego la parte mental de una cacería en el desierto y donde mi experiencia de toda una vida en la cacería en las montañas del norte resultó de poco valor. Me habían enseñado a detectar a los venados a largas distancias, no a encontrar al animal, juzgarlo y dispararle en los pocos segundos que éste tardaría en recorrer los pocos metros que lo separan de la seguridad. Éste era el escenario perfecto para un cazador de cola blanca, con experiencia en el acecho a corta distancia, pero no para alguien que había afilado sus dientes cazando venados en Colorado y Wyoming.

Aún así, ésta era la mano que me había tocado. Mi rifle estaba listo, y mi pulgar se encontraba sobre el seguro del Máuser. Me moví unas cuantas yardas colocándome junto a Adán, y esperando obtener un tiro directo. Aunque otros estarían satisfechos con un trofeo respetable, yo ya había conseguido varios bura del desierto de buena calidad -todos de más de 28 pulgadas de amplitud, y ahora estaba decidido a matar un macho sobresaliente.

Dos años antes, bajo condiciones similares, logré otro venado cuya cornamenta estiró la cinta de medir hasta las 29-3/4 pulgadas, con las puntas traseras levantándose a más de 22 pulgadas de altura. Por desgracia, al caminar hacia el animal, el shock de las astas de 3x3 me golpeó con fuerza. Las exigencias de una decisión repentina y de un tiro rápido no me permitía contar las puntas. Lo único que podía ver era que el trofeo era amplio y alto. Aun así, con bases de más de seis pulgadas y una masa que llegaba en forma excelente a las astas, era una pieza más grande que aquéllas que la mayoría de los cazadores llegan a ver en su vida, ya no digan cobrarla.

No obstante, ese "error" estaba fresco en mi mente. Así pues, al avanzar, me repetía: "Cuidado"..."Tómate tu tiempo"... "Despacio"...

De pronto, la agitación de la maleza a mi derecha me asustó como el demonio. Al voltear por completo, todo lo que logré ver fue una ancha grupa y las astas, durante los dos o tres brincos que le tomó al venado desaparecer. Extrañamente, lo que sobresale en mi mente es el absoluto silencio que siguió.

Mis piernas deseaban seguirlo. Mi mente, sin embargo, fue la que ganó y nos sentamos durante lo que me pareció una eternidad. Por fin, Adán se puso de pie y comenzamos a seguir las huellas. Después de menos de cien yardas, el venado se unió con otros animales, quizá hembras, ya que se encontraban en pleno celo. Media milla más adelante, los alcanzamos. Al principio, no podíamos encontrar al macho con mis binoculares Leica. Luego, éste salió de atrás de un mesquite, y no necesité una segunda mirada para saber que no era el trofeo que deseaba.

Así va la cosa en una cacería de venado bura del desierto. Lo sigues un día tras otro bajo el sol candente por esos pocos segundos de pandemonio total. Con un poco de suerte, regresas a casa con el venado de tus sueños más desenfrenados: ¡uno que estire la cinta a más de 36 pulgadas! Pero, lo más frecuente es que uno termine en el campamento planeando la cacería del día siguiente.

Salimos de la hacienda por la mañana antes de la primera luz. Revisamos primero algunas otras áreas, así que para el momento en que regresamos a nuestra "pista doble" estábamos a plena luz. No llevábamos cinco minutos de cacería cuando detecté a una hembra sola a unos 45 metros de distancia. Buscaba sin cesar en la maleza cercana, esperando encontrar un macho cerca de la venada. De pronto, alcancé a ver algo que estaba parado tan quieto como una estatua en la sombra de varios árboles de paloverde. Éste era sin duda el trofeo por el que había viajado varios miles de millas. Cuando uno ve un macho en verdad grande no hay duda, tu mente sólo grita: "¡Dispara!"

Sin vacilación, subí el rifle y centré la mira en el "punto suave". Una vez que mi pulgar quitó el seguro, jale el gatillo de ajuste y pasé al segundo antes de aplicar las onzas finales de presión. ¡El "click" que siguió sonó más fuerte que una explosión!
"Maldición", murmuré, desechando el casquillo y cargando una nueva ronda. De nuevo, pasé por la secuencia, pero por desgracia con los mismos resultados. ¡Ahora estaba en verdad frustrado! El macho no iba a estar parado allí para siempre, aunque el celo era un poderoso aliado.

¿Qué demonios pasaba? Bajé el rifle, apartando la mirada del venado lo suficiente para ver que el seguro estaba en posición media. Luego, mientras lo empujaba por completo con el pulgar, ¡la maldita cosa se disparó! Por fortuna, después de años de entrenamiento, el cañón estaba apuntando hacia arriba, pero de todas formas casi me muero del susto.

Esta vez, mi frustración llegó casi a su máxima ebullición. ¡Estaba cansado de estar a merced de un capricho! Cargué con rapidez otra ronda, localicé al macho en la mira y apreté el segundo gatillo. Aunque me sentí atrapado en el rebote, sentí que había sido un buen tiro. Aun así, ¡el venado se lanzó entre la maleza como si nada hubiera pasado!

En este punto, me sentía deshecho, pero me tomó un segundo recuperar mi ánimo, volver a cargar el arma con cuidado, y después de probar el seguro varias veces, comencé a seguir las huellas. El venado en verdad estaba en movimiento, dando brincos de 15 pies, saltando chollas y arbustos bajos, o simplemente atravesándolos. Comenzaba a sentir pánico porque no había señas de que lo hubiera tocado -ninguna pata arrastrada, ni tejido, ni, aún más extraño, sangre alguna. Imaginarán lo que pasaba por mi mente, pero, no habíamos recorrido 50 yardas cuando encontramos al venado echado, en apariencia muriendo en mitad de su huida.

Las emociones y frustraciones de los últimos minutos hicieron su efecto, y me detuve ahí de pie, estremeciéndome en mis botas. Después de una breve celebración y de las fotos obligadas, regresamos al campamento. Es extraño cómo la vuelta al campamento, después del éxito en la cacería, es mucho más relajada que los viajes anteriores. En el camino, me tomé el tiempo para hacer cuentas: era mi vigésimo cuarto día en los desiertos de Sonora, pero por fin tenía uno de los machos que le daban fama a estas tierras.

Mi venado era todo lo que había esperado encontrar, excepto por un detalle menor: es de 3x4. Por otra parte, las astas son pesadas y tienen casi 40 pulgadas de masa con varios puntos de desgaste que le añaden carácter a cualquier trofeo. Sus largas astas de la frente, comunes en muchos venados del desierto, eran pesadas y afiladas, terminadas en puntas múltiples. La cornamenta tenía 34 pulgadas de amplitud con las astas principales de casi 26 pulgadas de largo. En total, la calificación general excedió los 200 puntos y logró un rango en el SCI dentro de los primeros 15, lo cual sólo confirmó mi opinión sobre la calidad del trofeo.

La dificultad para cazar un venado bura es en verdad grande y no puede ni debe subestimarse el esfuerzo que se requiere. Es un reto especial estar frente a frente contra un macho sabio y anciano y en su propio "terreno". Las posibilidades de cazar un venado gigante y obtener con facilidad un trofeo me han impulsado a cazar en México numerosas veces. En cada visita a Rancho El Carbón he visto venados de calidad, aunque sólo sea por un instante.

En cualquier caso no puedo sino agradecerles a esos machos que "se escaparon" por darme algo en qué soñar. Estos recuerdos con frecuencia han llenado los vacíos en el tiempo durante esas largas esperas en un blind para patos o mientras manejo hacia el trabajo. A pesar de todas mis quejas, el prospecto de encontrar otro de esos venados magnos me sigue atrayendo de regreso como un imán.


Lance Stapleton.
El venado bura "Muy Grande" de Rancho El Carbón.