De pitayos, chollas y otras cosas.
Por Fernando Ortiz Gómez, de México, D. F.

Qué agradable resulta volver a incluir en tu lenguaje (al hablar y escuchar) la terminología propia del desierto mexicano. He tenido la fortuna de ser cazador desde muy pequeño. Han pasado quizá cuarenta años desde que escuché por primera vez, en un recorrido con mí tío Pablo, sobre pitayos y otras variedades de cactáceas presentes a lo largo de nuestro territorio nacional. Junto con los imponentes Saguaros, los pitayos, las chollas, palo verdes y palo fierros, constituyen la referencia obligada en muchas zonas, pero en especial en el Desierto de Sonora. Aquél que no aprenda a distinguirlos, muy probablemente no podrá interpretar la voz de su guía, quien, de seguro, cuando algo le quiera enseñar, se referirá por necesidad a aquello que se encuentre cerca, de ahí que la expresión más típica será “debajo del palo verde” o “junto del pitayo”.

Todo lo anterior viene a cuento porque, a mediados del mes de enero pasado (2009), tuve el privilegio de volver de cacería al desierto de Sonora. Es la cuarta vez que estoy en la zona y la segunda en el rancho “El Carbón” de nuestro buen amigo Germán Rivas. Hace tres años (enero de 2006), conocimos el rancho, el mismo grupo que ahora hemos vuelto. Gabriel mi hermano, otrora cazador novato, compañero y amigo desde los años de primaria, en el Instituto Patria, de Germán, nos lo presentó en esas épocas y, sin más preámbulo, nos lanzamos al rancho a la aventura.

De ese primer viaje bien se podía escribir una historia independiente a esta. En aquella ocasión, por fortuna los cuatro pudimos cazar buenos ejemplares. Yo tuve la suerte de ser el primero y en el primer día. En otras ocasiones, es posible que cazar tan al inicio no sea tan aconsejable, pero en ese caso, tuve la oportunidad de dedicarme a subir y bajar cerros buscando un venado Coues que, por desgracia, no pude cazar. Mi querido amigo y respetable banquero, Carlos Soto, fue quien consiguió cazar un muy disputado Coues, después de haber conseguido su primer Bura. En aquella ocasión, la cereza en el pastel la puso mi querido amigo e ilustre abogado Carlos Creel, quien despachó un enorme Buro de catorce puntas (¡de triple horqueta por lado!). Para celebrar el evento, los cuatro amigos, en compañía de Germán, nos permitimos el lujo de darle mate a una botella de Vega Sicilia que, desde antes, llevaba preparada mi hermano Gabriel, producto de un cliente que lo quiere mucho y le ha regalado algunas.

Con tan buen antecedente, acordamos regresar de nuevo al “Carbón” para enero de este año: 2009. Pese a la crisis que ya se veía venir, vino, y aún no se va… Los cuatro amigos no nos rajamos. Con el antecedente de que, por las sequías de los años: 2006 y 2007 no se habían producido muy buenos buros en la temporada de enero de 2008, nos asaltaba un poco la preocupación sobre el éxito que tendría nuestra aventura en esta ocasión. Hablamos mucho el tema con Germán y los augurios para este año parecían buenos pues, al parecer, la zona había presentado una cantidad de lluvia inusual desde finales del año 2007 y todo el 2008. Cabe señalar que dichas lluvias no ayudaron a la calidad de los trofeos obtenidos en enero de 2008, pero sí, en definitiva, a los de enero de 2009. Es más, pocos días antes de llegar nosotros al rancho se registraron lluvias bastante fuertes, e incluso ahora, meses después, ha seguido lloviendo, por lo que creo que la temporada 2010 va a ser, también, fuera de serie.

El 16 de enero pasado por la tarde, llegamos a Hermosillo, desde donde aún tendríamos que viajar algunas horas antes de poder llegar al rancho. El clima resultaba especialmente benévolo; tuvimos días de 27 grados a las cinco de la tarde, por lo que todo nuestro equipo de frío se quedaría guardado en la maleta.

La primera noche no fue buena para mí. El profundo roncar de mi hermano y compañero de cuarto, así como los fantasmas de los pendientes que deja uno en la oficina, contribuyeron para que mi ánimo no fuese el mejor al amanecer. Temprano al otro día, nos pusimos de acuerdo con Germán y los guías (algunos ya bien conocidos de la vez anterior) y nos pusimos en marcha para iniciar el recorrido. Gabriel, mi hermano, y yo, nos fuimos juntos en la misma camioneta acompañados del Chacho y Jaime como nuestros guías. Debo confesar que las primeras horas no lo estaba pasando bien. Seguía pensando en la oficina y otras cosas del trabajo. El monte nos parecía muy diferente en esta ocasión; y en efecto, lo era; tanta lluvia lo hacía verse inusualmente verde y, por lo mismo, muy cerrado. Nos asaltaba la duda de si seriamos capaces de distinguir a los animales en un monte tan cerrado. No obstante, no pasó mucho tiempo para que viéramos los primeros signos que nos hacían recordar que estábamos de cacería. Un grupo de buras (venadas) para utilizar correctamente la terminología local, nos observaban dentro del monte; con ellas se encontraba un animal cuyas características probablemente no volveré a ver jamás. Todos lo vimos y creo, quizá hasta arrepentirme de no haberlo cazado; era un venado un poco más chaparro que las buras, menos orejón, con un lado de cuerno corto, como de cola blanca y el otro largo como de bura; tal vez la prueba de la mezcla entre las dos especies. Sin darme cuenta, la emoción de ver algo “cazable” disipó cualquier nubosidad en mi estado de ánimo. De pronto, estaba concentrado y feliz de estar en este medio ambiente rodeado de chollas, saguaros, pitayos y demás.

No pasó mucho tiempo antes de que, ante la señal de detener el vehículo por parte de Chacho (que no es más que un jaloncito a un lazo amarrado al brazo del chofer) éste me dijera: “Junto a la pitaya están las buras y creo que, detrás está el macho”. No eran más de cien metros. Como quien tiene curiosidad, el macho, con mucha calma, poco a poco, se empezó a dejar ver. Debo confesar que sólo vi un lado de la cornamenta. Fue suficiente, se veía de buen tamaño y muy oscuro. El rifle que llevaba (prestado por Germán), un Remington 700 en 30.06 con una mira Zeiss, hizo el trabajo sin mayor problema. El Buro pegó un brinco y no corrió más de diez metros. Ahí estaba yo, por segunda vez consecutiva, cazando mi Buro la mañana del primer día en el “Carbón”. La decisión fue acertada. Se trata de un muy buen animal, simétrico, maduro muy grueso y mejor que el cazado la vez anterior (que, por fortuna, no era nada malo).

Venado
Fernando Ortiz.

Quizá esto sólo lo pueda entender un cazador. La paz que se vive después de la descarga de adrenalina que produce la caza es inigualable; en ese momento todo vale la pena y, si además se suma la convivencia con amigos y familia, y un lugar con la imponente belleza del desierto de Sonora, el resultado es redondo. Tal vez lo único que me hacía falta era la presencia de mi hijo Fernando, mi querido compañero de aventuras que ahora no pudo acompañarme por sus compromisos escolares.

El resto del día lo disfrute de igual manera. Un muy buen almuerzo al lado de un aguaje, con tortillas de harina de las de “a de veras” machaca con huevo hecha en la parrillita, con leña de palo fierro y un par de cervecitas como antecedente de una buena siesta. Habiendo yo cazado, con gusto me dediqué a acompañar a mi hermano. Durante la tarde pudimos ver un par de Buros en el monte, el segundo de ellos muy bueno, pero muy lejano, y ya muy cerca de caer la noche, por lo que la prudencia hizo que mi querido hermano no intentara un disparo arriesgado.

Venado
Carlos Soto.

Al llegar en la noche al rancho, nos encontramos con que Carlos Soto ya había cazado su Buro; un diez puntas muy viejo, lleno de cicatrices, tantas, que en una buena parte de la frente ya no tenía pelo y sólo una especie de callo, como muestra de muchas batallas enfrentadas: en definitiva, un venado muy agradable de cazar.

En la mañana temprano, Carlos Creel y Gabriel, se fueron otra vez al Buro, cada uno con sus guías y camionetas. Carlos Soto y yo la tomamos con más tranquilidad, nos levantamos tarde, nos dimos un buen baño, desayunamos y nos fuimos con Germán, quien nos llevó a unos espíaderos (Blinds) que había puesto cerca de los cerros altos, para tratar de cazar el cola blanca (Coues). Dejamos a Carlos en el primero y, al llegar al segundo, en donde yo me iba a quedar, algo se movió al final de la brecha. Un momento después, salió al camino un buen Coues. Al abrir la puerta de la camioneta y sacar el rifle, hice más ruido del que debía y el venado corrió al monte. Muy despacio nos acercamos al lugar. Por fortuna pude volver a verlo y, aunque estaba muy en el monte, confié en el empuje del .06 y, por suerte, no me equivoque. ¡Era la segunda mañana de cacería y ya tenía mi Buro y mi Coues (que resultó no ser nada malo tampoco)!

Venado
Fernando Ortíz con su Coues.

Mas tarde, después de la sesión de fotos, fuimos a recoger a Carlos Soto a su espiadero para ir a comer al rancho. Pasábamos cerca de uno de los muchos comederos que Germán ha construido en el rancho, y se nos atravesó un magnífico Buro. Previa autorización de Germán, Carlos le hizo un par de disparos que, por desgracia, no dieron en el blanco. Ya picado, después de comer, regresamos a buscarlo y para su fortuna—la de Carlos, no la del Bura—lo volvimos a encontrar. En esta ocasión, Carlos le hizo un muy buen tiro que lo dejó sobre sus huellas. Un buen Buro, grueso de 10 puntas.

Venado
Carlos Soto con su segundo buro.

Ese día, más tarde, volví a experimentar una de las sensaciones más agradables que tiene el rancho y en general el Desierto de Sonora para mí: la casa está construida en la parte superior de una loma. El campo visual que se tiene desde ese lugar es enorme. Se distinguen un par de Sierras que hemos calculado están a más de cincuenta kilómetros. No obstante, la magnitud del espacio, un poco antes de caer la noche se hace un silencio impresionante. Puede uno cerrar los ojos y darse cuenta que nada se escucha; es una rara combinación de una vista imponente con un silencio absoluto; son apenas unos minutos, pero tienen un verdadero efecto relajante, sobretodo si a eso se le suma uno de esos impresionantes atardeceres del desierto. Unos minutos después, la noche trae consigo el sonido de los grillos y las primeras estrellas aparecen dando paso a una noche con poca luna y maravillosamente estrellada. A lo lejos se descubren los pálidos resplandores de Caborca y Puerto Libertad, que nos recuerdan por qué en las ciudades no tenemos estas noches tan especiales. Aunque muchos de nuestros detractores no lo crean, también esto lo disfrutamos mucho los cazadores.

El tercer día de cacería, me levanté muy temprano ya que tenía la intención de acompañar a mi hermano en la labor de encontrar un buen animal. A mediodía nos llegaron noticias de que Carlos Creel ya había cazado su Buro. Fiel a su estilo, se ha hecho de un buen trofeo de nuevo. Carlos es un cazador con una paciencia envidiable y una magnifica puntería. He cazado con él por más de treinta años, y lo he visto hacer tiros excelentes. Los guías me lo confirman, sin mampostarse cazó su Buro con un tiro al codillo a más de ciento cincuenta metros.

Venado
Carlos Creel.

Por más que tratemos de evitarlo, un poco de presión se siente en el ambiente. Hemos peinado un buen cacho del rancho en la camioneta. Tres veces hemos hecho largas caminatas “huelleando” o siguiendo un macho que vimos a lo lejos, pero, nada. La tarde se nos viene encima. De repente, cuando menos lo imaginamos Germán nos manda llamar. Ha visto un macho que parece estar muy bueno y nos pide que lo alcancemos inmediatamente. Son quince minutos que recorremos a toda velocidad (quizá más de la debida), para llegar a encontrarnos con Germán. Gabriel se baja con rapidez y toma su rifle (un bonito Mannlicher en 30.06). Desde la parte de arriba del camión en el que vamos, logro ver con los binoculares al venado. Aunque está metido en el monte, me parece enorme. Sus astas—altas, gruesas y oscuras—tropiezan y mueven las ramas a su paso. Está concentrado en mantener su hato de hembras sin percatarse que Gabriel, Germán y “las zorras”, como cariñosamente le dicen a los guías Adán Celaya, padre e hijo, se meten al monte tras él. Se nos pierden de vista la presa y los cazadores. No se oye nada. Pasan, quizá, quince minutos y, cuando pienso que es probable que ya no haya tiempo, escucho el ruido seco de un disparo y el botonazo que le sigue.

Un rato después, escuchamos las voces y todos nos sumamos al esfuerzo de buscar el venado de Gabriel. Somos muchas voces y, por tanto, muchas instrucciones, pero también muy poca luz. Dos linternitas son incapaces de hacer el trabajo que necesitamos.

Por fortuna, alguien encuentra un pequeño rastro de sangre que permite llegar a un charquito más grande, pero nada del venado. Con acierto, Germán suspende la búsqueda -para dejar que el venado se enfrié durante la noche- y decide que deberá reanudarse al día siguiente.

Temprano, se lanza a la búsqueda el grupo completo de cazadores, guías, chóferes, ayudantes y, hasta Raúl Méndez, administrador del rancho, participa en ella, todos excepto la cocinera (Muñeca) a quien no permitimos que abandonara sus “santos oficios”.

Es muy agradable verlos trabajar; conocen su oficio a la perfección; llevan muchos años en ello y se nota. Reencuentran el rastro, lo siguen por varios kilómetros hasta donde encuentran el lugar en donde se echó al sentir que las fuerzas lo abandonaba, otro gran charco de sangre nos indica que ha perdido mucha y ahí lo hubiéramos encontrado pero, por desgracia, lo “levantaron” otros venados que pasaban cerca y se ha ido con ellos. La abundancia de venados también tiene su lado negativo. Todo esto, como un libro abierto, lo pueden leer e interpretar los guías en el terreno, nos explican—con lujo de detalles—como el animal, antes de echarse, iba sin rumbo fijo, como mareado. “Va panceado”—nos explican—“por eso no arrastra ninguna de sus patas y solo tira sangre cuando se detiene; la herida se ‘taponea’ cuando camina, por eso el rastro de sangre es irregular”. También es muy interesante la explicación de cómo, al estar echado, se le salió mucha de la sangre acumulada en la panza .Por desgracia, ahora, con otras huellas encima, va a ser mucho más difícil de seguir. Es casi medio día y Gabriel decide, con gran tino, dejar la búsqueda en manos de los guías y regresar con nosotros a México. Todos con nuestros trofeos salvo por Gabriel que se queda con el “Jesús en la boca”, a la espera de que aparezca su Buro. Germán se lo promete pero, honestamente, todos dudamos.

Ésta era la última semana en la que Germán recibía cazadores, un par de días después de nuestra partida, la búsqueda se suspende. Había que esperar unos días más a que, “la Fuerza Aérea” (los zopilotes) indicara la ubicación exacta del animal. Pasan algunos días de incertidumbre y, al fin, “la zorra”, después de peinar a caballo esa parte del rancho y, como es evidente, tras un trabajo excepcional, encuentra el Buro. Felizmente, la cornamenta está intacta. La piel se ha perdido por completo, sólo le queda algo de ella en la cara, pero en realidad, el menor de los problemas será conseguir una copina para poderlo montar. Resulta ser, de todos los buros cazados, el mejor, me atrevería a decir que excepcional; buscaremos medirlo pronto, pero no me sorprendería que llegara a los 200 puntos.

Con este inesperado pero “feliz final” concluye nuestro segundo viaje al “Carbón”. Rompe el paradigma aquel de que “nunca segundas partes fueron buenas”. Cuatro cazadores, en dos viajes, hemos cazado nueve buros y dos Coues; todos buenos  y algunos excepcionales. Quiero pensar que no nada más hemos tenido buena suerte. Sé que nuestro abuelo vino de cacería hace muchísimos años por estos lares y también nuestro viaje coincidía con la fecha del cumpleaños de mi padre. Quizá desde algún lugar remoto nos mandaron buenas “vibras” para que, junto con nuestros buenos amigos los Carlos, tuviéramos éxito hasta para encontrar a un gran animal, que de no ser por el talento de tan buenos rastreadores hubiésemos perdido.
Finalmente solo una nota de felicitación a Germán. El rancho es un lugar excepcional; la abundancia y calidad de los animales, fuera de serie. Comes y bebes de lo mejor, y la gente que le ayuda es inmejorable, siempre dispuestos a servir, a apoyarte y compartir contigo lo mucho que saben del lugar. Mucho de lo agradable del lugar también sucede en las conversaciones en la terraza del rancho.

Tal vez lo único que pueda reprocharse es que Gabriel llevó otra botella de Vega Sicilia que no nos tomamos por respeto a su incertidumbre. Ahora que el buro ha aparecido buscaremos el lugar y la hora idóneos para podernos sentar a conmemorar estas gratas experiencias, hablando de pitayos, chollas y otras cosas.


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